{...} Así es que puedo pintarla como si se hubiera suicidado con cámara lenta. El problema consiste en lo que voy a pintar alrededor del edificio y de las figuras. El hotel ve hacia el Central Park (tú quizá lo recuerdes pues es precisamente en las nalgas del Barbizan Plaza).
El Central Park fue lo último que ella vio antes de echarse, entonces pensaba yo que en la ventana (única que tendrá el edificio) podría yo pintar las cosas al revés: no pintar lo que estaba dentro de la ventana, sino lo que sus ojos vieron antes de matarse. ¿Qué te parece? Pero ¿qué pinto junto al edificio? ¿Solamente cielo y niebla? ¿O podría yo indicar cosas que ella pensó al morirse? Aquí te digo más o menos cómo pienso hacerlo: La cosa es que yo no sé realmente si la composición resultará muy mierdona, pues no se
me ocurre otra cosa más que eso {...} {…} This way I can paint her as if she had committed suicide in slow motion. The problem consists in what I am going to paint around the building and the figures. The hotel
overlooks Central Park (you may remember it because it is precisely in Barbizan Plaza’s ass), Central Park was the last thing she saw before jumping, I used to think that in the window (the only one the building will have) I could paint things upside down: not paint what was inside the window, but rather what her eyes saw before she killed herself. What do you think? But, what do I paint next to the building? Only sky and fog? Or could I indicate the things she thought as she was dying? Here, let me tell you, more or less, how I plan to do it:
The thing is, I really don’t know if the composition will turn out to be very shitty, but I can’t think of anything else other than that {...}

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Tesoros de la casa azul,
Frida y Diego

Carlos Phillips Olmedo

 

Los Fideicomisos Museos Diego Rivera, Frida Kahlo y Dolores Olmedo, para conmemorar el centenario del natalicio de Frida Kahlo (1907-2007), tienen el orgullo de presentar esta exposición que muestra parte del acervo resguardado en la Casa Azul: dibujos, impresos, archivos, fotografías, libros, vestimenta y objetos personales. Estos objetos salen a la luz por primera vez, después de haber permanecido dentro de cajas en distintos espacios de la casa.
Con la generosa ayuda de Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México (adabi) y de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam) se limpió, clasificó y digitalizó este acervo en una labor de tres años. Hoy se presenta una selección de este tesoro. Las maravillas que enriquecen la obra de Frida y Diego quedan abiertas a investigadores y al público en general, quienes podrán disfrutarlas a través de distintas exposiciones como la que ahora presentamos.
La curaduría estuvo a cargo de Ricardo Pérez Escamilla, jefe de curadores, quien realizó además
la curaduría de libros y dibujos; Alicia Azuela de la Cueva, la de documentos de Diego Rivera; Teresa del Conde, la de documentos de Frida Kahlo; Marta Turok Wallace, la de vestuario; Pablo Ortiz Monasterio, la de fotografía y Jean-Renaud Dubois Langlet, responsable de la museografía. Agradecemos a adabi, la Coordinación de Difusión Cultural unam, la Secretaría de Cultura del Distrito Federal, Conaculta, inba, Fonca, Comex, bbva Bancomer, Casa Domecq, Hotel Habita y Gilsama.

 

Los archivos
de la casa azul

 

Resulta un privilegio festejar el centenario del natalicio de Frida Kahlo, mujer apasionante que compartía un gran amor por México. Qué alegría celebrarlo con la organización de su archivo
personal. Como se sabe, los archivos suelen ser bodegas de papeles viejos, sucios y olvidados, visitados la mayoría de las veces por ratones, alacranes y polilla. Éstos suelen interesarnos a los curiosos que sabemos que en esos papeles se encuentra nuestra historia.

En julio de 2005, invitados por el Fideicomiso de los Museos Diego Rivera y Frida Kahlo, nuestra asociación, Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México (adabi), inició sus labores en la organización del archivo de Frida Kahlo-Diego Rivera en la Casa Azul, con un equipo comprometido que se dio a la tarea de realizar la organización del acervo documental. Al revisar el material, apareció una rica variedad de documentos, cartas, recados, telegramas, postales, fotografías, escritos, carteles, mapas, planos, litografías, códices, dibujos, bocetos y recortes de periódicos, así como una amplia gama de temas en la correspondencia, notas y recados. Este archivo personal es una cálida colección que muestra la vida política, artística y cultural de una pareja de creadores que contribuyeron a engrandecer la historia de nuestro país. Además refleja el inmenso mar que constituyó la vida de
Diego y Frida, alimentado por múltiples torrentes de expresividad humana: la solidaridad con los marginados, la visión de un arte comprometido con las mejores causas de la humanidad y, sobre
todo, el amor de dos seres que rompió el estrecho marco de la moralidad y buenas costumbres de la
época. La riqueza del contenido de este fondo dio la pauta para su ordenación; así, al revisar documento por documento, se agruparon por temas, personas y otros rubros y se construyó un cuadro de clasificación que sufrió varias modificaciones conforme se avanzaba en la revisión de nuevos documentos. Las secciones que conforman este archivo son Frida Kahlo, Diego Rivera, Frida y Diego, libretas y cuadernos, colección fotográfica, recortes de periódico, gráficos, obra pictórica y publicaciones periódicas. Cada una de éstas contempla diversas series, por ejemplo, la sección Frida Kahlo se compone de Bancos, Contabilidad, Correspondencia, Dibujos y bocetos, Documentos personales, Escritos, Exposiciones, Familia Kahlo Calderón, Obra pictórica y Servicios médicos.
A su vez, cada serie contempla varias subseries; de esta manera, en la serie Bancos se encuentran
las subseries Extranjeros y Nacionales, las cuales, de igual forma, están integradas por expedientes con el nombre concreto de cada banco y así sucesivamente.

Paralelamente al proceso de clasificación, se realizó una labor de mantenimiento y conservación que consistió en la limpieza de los documentos, su colocación en guardas y cajas adecuadas, además se capturó la información en una base de datos que podrá ser consultada por los investigadores, gracias al proyecto de digitalización que se lleva a cabo en este momento. Esta labor —si bien tardada y minuciosa, en la que se respira polvo, que no luce ni es monumental y que aparentemente no se ve— es muy gratificante. Por ello, quiero felicitar a los ángeles guardianes de este archivo que trabajaron
en la organización del acervo: Margarita Parra Betancourt, Jorge Héctor Velasco García, Gabriela Cruz Téliz, Rebeca Ortega Pantoja y muy en especial a Stella González Cicero, la directora de adabi, quien siguió muy de cerca este magnífico trabajo. Si México quiere saber por dónde caminar, los mexicanos debemos preguntarnos quiénes somos y a hacia dónde nos dirigimos. Y qué mejor que voltear los ojos a los archivos que son los depositarios de la memoria histórica. Actualmente, Frida Kahlo y Diego Rivera se reencuentran a través de sus papeles guardados por tantos años. Este archivo, que consta de 22 105 documentos, 5 387 fotografías, 3 874 publicaciones periódicas y 124 gráficas que comprenden carteles, mapas y planos, muy pronto podrá ser consultado por los investigadores.
Enhorabuena por el rescate de otro archivo más para México.

De las etapas del reconocimiento a Frida Kahlo

Carlos Monsiváis

 

La séptima etapa: “A ningún mito lo inventan sin su consentimiento” De pronto, en la década de los setenta el diluvio admirativo. Todo coincide: los primeros detalles de su relación con Trotsky y con varias mujeres, las exposiciones dentro y fuera de México, la película de Paul Leduc con Ofelia Medina, el río de visitantes en la Casa Azul de Coyoacán. El consenso es rápido: Frida, singularísima, es la artista primordial que, a falta de otro tema, se pinta obsesivamente a sí misma, Frida es un
retrato de época y es la época cuando se insertan los retratos. El impacto es simultáneo: a Frida (la obra, la figura, la vida, la relación con el amor y el dolor) llegan los chicanos, las feministas, los nacionalistas culturales, los críticos del posmodernismo, los radicales, las estrellas del espectáculo, los escritores, las lesbianas, los pintores, los teatristas. De los símbolos del universo legendario de las décadas del Renacimiento mexicano (1920-1940), se prefiere a Frida y a su paisaje complementario: el inmenso delirante, fotogénico y antifotogénico Diego Rivera. La pareja indesligable y la mujer aislada, el amor y la soledad en llamas. Frida, en primer término, y Frida y Diego, en segundo lugar, son los íconos que complementan y le otorgan pleno sentido al paisaje de Zapatas y Villas.


Obsérvese la industria de la metamorfosis: tómese a una gran artista, ejemplo de disidencia moral y política, creadora de simbologías terrestres y fisiológicas, que vierte sueños y padecimientos en visiones de la pareja cósmica, en autorretratos y retablos laicos. Agítese un poco la memoria, y truéquese el conjunto por un alud de biografías, portadas de libros y revistas, calendarios, muñecas, títeres, obras de teatro, dos películas, varios documentales, camisetas, tarjetas postales, docudramas, cuadros que incluyen citas de sus cuadros, análisis posmodernos, declaraciones adoratrices de Madonna y Salma Hayek, precios avasalladores en las subastas... La pregunta inevitable: ¿es la fridomanía un culto de origen cristiano, la trasmutación de la artista en la virgen doliente y nacional y de género? No escasean las vetas cristianas en la obra y el mito de Frida o, por lo menos, la artista se observa a sí misma con la piedad regocijada de uno de esos retablos que ella tanto observó, coleccionó y recreó. Pero nada en la fridomanía sugiere una translación efectiva de lo terrenal a lo celestial, sino más bien, la inercia de los métodos consagratorios de siglos de cultura cristiana y sus andamiajes de reproducción adoratriz. En lo básico, el mito de Frida es una realidad laica de la estética, y de allí el tránsito de la fridomanía a pasión popular. Octava etapa: la pareja y las obsesiones amorosas Una religión donde la divinidad, los santos, las ceremonias y los templos se llamen simplemente Diego Rivera, un credo que va del amor a la cosmogonía, de las aflicciones a la meditación: Nadie sabrá jamás cómo quiero a Diego […] si yo tuviera salud quisiera dársela toda, si yo tuviera juventud toda la podría tomar. No soy solamente tu madre, soy el embrión, el germen, la primera célula que -en potencia- lo engendró. Soy él desde las más primitivas […] las más antiguas
células que con el tiempo se volvieron el “sentido”.

Imposible saber qué sucedía, lo que es un hecho es la manera compulsiva de situar a la gran referencia: No dejes que le dé sed al árbol del que eres Sol, que atesoró tu semilla. Es “Diego” nombre de amor. El amor es el territorio por excelencia de lo poético, tal y como Frida concibe este
desbordamiento. En su idea de la hermosura verbal se justifican incluso las nuevas palabras poéticas siempre y cuando la substancia primordial (la entrega) permanezca. Frida escribe: El “clásico” amor… (sin flechas) solamente con espermatozoides. Diego en la frente del autorretrato de Frida, Diego en las querellas, los perdones, las angustias. En la mitología ya sólo consistente en imágenes, Frida y Diego son el ser único que trasciende el sexo, las riñas, las mutuas y cuantiosas infidelidades, y se vuelve el origen de la nueva especie que, por razones que tal vez se desconozcan, con ellos se extingue.

 

Novena etapa: la metamorfosis de las masas Desde la década de los noventa y, muy acusadamente en los albores del siglo xxi, Frida Kahlo se convierte en devoción de masas, por motivos evidentes (la fama internacional, la multiplicación de las imágenes, la transformación de una época en un paraíso perdido del tiempo, y por las causas secretas únicamente al alcance de cada persona). La explosión frídica de 2007 es parte de una exigencia cultural, un apremio informativo, un contagio de admiraciones, la urgencia de grandes referentes. Y siempre, muy explicada y sin explicaciones, ella permanece “como un cohete como una granada como un vidrio estrellado como una noticia como un telégrafo como la sangre” (Salvador Novo).

Frida Kahlo carece de estatuas pero, a cambio, dispone de millones de nichos de la memoria. Y son de preverse otras etapas.

 

El Aniversario de Frida Kahlo

Hilda Trujillo Soto

 

Aun cuando existen amplios y numerosos estudios sobre Frida Kahlo y Diego Rivera, estos grandes
artistas siguen sorprendiéndonos y quizá jugando con nosotros… Los archivos y objetos personales que ahora salen a la luz en el Museo Frida Kahlo destacan por su calidad y cantidad. Hablan no sólo de su fuerza creativa, sino también nos proporcionan un amplio panorama de la cultura de la primera mitad del siglo xx, tanto de México como del panorama internacional. Antes de morir, el 25 de noviembre de 1957, Diego Rivera pidió explícitamente a su amiga y mecenas Dolores Olmedo que un baño (en el que encontramos importantes documentos) permaneciera clausurado por quince años. Sin embargo, también quedaron cerrados otro baño, baúles, roperos, cajones, cajas... y ahí se detuvo
el tiempo. En el cuarto indicado por Diego había básicamente documentos políticos, mientras que
en el resto de los espacios cartas, fotografías y objetos mucho más personales e íntimos. Con el
paso del tiempo, curiosamente, son estos últimos los que más conmueven y emocionan. El primer problema que enfrentamos para explorar estos archivos fue la falta de recursos financieros, dado que los museos Frida Kahlo y Diego Rivera-Anahuacalli son instituciones sin fines de lucro —ambos heredados por Diego al pueblo de México, a través de un Fideicomiso administrado por el Banco de México—, los cuales deben conseguir sus propios ingresos para poder abrir sus puertas al público y conservar sus tesoros. Por ello, nos acercamos a Isabel Grañén Porrúa, siempre sensible, generosa y, sobre todo, con una gran visión del valor de la historia y su repercusión en el futuro, quien a través de adabi nos brindó el apoyo para organizar el archivo. Logramos también la valiosa asesoría y apoyo de la Coordinación de Difusión Cultural de la unam, generosa y emprendedora en proyectos de vanguardia como siempre.

La tarea de clasificación llevó más de tres años, se catalogaron documentos, fotografías, obra artística, se descifraron caligrafías, se agruparon libros, se identificaron vestuarios, se analizaron y restauraron tejidos, así como revistas y periódicos. En ese tiempo, sucedieron muchas anécdotas dignas de compartirse, como la del día en que, atorados en la parte trasera de un librero, encontramos más de treinta dibujos de Frida, entre ellos, Las apariencias engañan. O cuando, en un
mueble donde la pintora guardaba sus juguetes, se halló una caja que contenía un dibujo realizado por ella a pluma, con una gran delicadeza. Igualmente sorpresivo fue cuando abrimos una caja de plástico y dentro nos topamos con el arete en forma de mano que le regalara Picasso a Frida.
El proceso fue realmente muy emocionante, en particular cuando hojeamos los libros y encontramos en muchos de ellos anotaciones de Frida. Resulta impresionante ver cómo los marcaba, los intervenía y los hacía suyos para que formaran parte de su vida. Ahora tenemos certeza de que Frida fue dejando en ellos, con flores y plumas de pájaro, testimonios de los temas de inspiración de su obra. Tan importante fue clasificar y digitalizar el acervo para consulta de los especialistas, como
saber qué teníamos exactamente entre las manos. Por ello, el segundo reto fue armar la selección para esta muestra que ahora presentamos y, aún sin suficientes recursos, llamar a los curadores, quienes cuidadosamente escogieron lo mejor del acervo. Para lograr esta tarea, contamos con el apoyo de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados que canalizó recursos a través del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Así, pudimos organizar la exposición y llamar a especialistas en cada tema, quienes vinieron
a precisar el calibre de lo encontrado. Debajo de su rigor científico afloró su entusiasmo de exploradores. La emoción del equipo se justificó por partida doble: por admirar los objetos y por observar el rostro de curadores, quienes acostumbrados a la maravilla, se maravillaban una
vez más. Se manifestó la excitación por tocar algo que se sabe parte de la historia, por descubrir objetos y confidencias que tienen la impronta de un clásico. Vimos emerger de una caja de huevo, un óleo que el maestro Ricardo Pérez Escamilla, jefe de curadores de la exposición, acreditó —con
su experiencia y una seria documentación— como realizado por Diego Rivera. Pablo Ortiz Monasterio comprobó la existencia, en el archivo fotográfico, de imágenes tomadas por maestros de la cámara, como Edward Weston, Tina Modotti, Man Ray, Manuel Álvarez Bravo, Gisèle Freund, Nickolas Muray, entre muchos otros, de quienes hay contadísimas obras en México. Sólo una especialista como Marta Turok Wallace pudo descubrir la finura, el detalle, la sorprendente riqueza y participación creativa de la misma Frida en el armado de su vestuario. Alicia Azuela de la Cueva y Teresa del Conde seleccionaron, entre los miles de documentos, verdaderas joyas. Entre ellas, la desconocida carta de Frida, en la que la pintora cuenta el proceso creativo de su cuadro El suicidio de Dorothy Hale, o la divertidísima carta de Frida Kahlo acerca de su estancia en la casa de André Breton.

Para organizar la exposición y presentarla dignamente, acudimos a diversas empresas e instituciones patrocinadoras que se sumaron a nuestro esfuerzo: Comex, bbva Bancomer, Fonca, Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal, Fundación Domecq, Hotel Habita y Gilsama.

Todo esto no hubiera sido posible sin un grupo de gente que apuesta por la cultura y el arte de este país o sin la visión de Diego Rivera, quien creó un Fideicomiso público-privado a través del Banco de México, legando sus bienes al pueblo mexicano. Por tanto, este proyecto se debe a mucha gente, fundamentalmente al presidente del Fideicomiso, Carlos García Ponce; al director general de los Museos Dolores Olmedo, Diego Rivera-Anahuacalli y Frida Kahlo; Carlos Phillips Olmedo; a la secretaria del Fideicomiso Guadalupe Rivera Marín, a sus miembros Graciela Romandía Macías de Cantú, Irene Phillips Olmedo, Emilio Gutiérrez Moller, Silvia Pandolfi Elliman, Roberto Gavaldón Arbide, Diego López Rivera, Juan Pablo Gómez Morín Rivera y Walter Boesterly; así como a sus vigilantes y abogados José Luis Pérez Arredondo y Fabián Ortega Aranda; a su equipo y al de los museos Diego Rivera y Frida Kahlo, gracias a los cuales este proyecto se convirtió en realidad. Todo esto no es más que un regalo, otro más que Frida y Diego generosamente nos dejaron.

 

El universo de Diego Rivera y Frida Kahlo

Ricardo Pérez Escamilla

 

En la Casa Azul de Coyoacán, Frida y Diego crearon su propio mundo con todo aquello que amaban: la vivienda con sus jardines y plantas —que ellos sembraron y cultivaron—, el estudio donde Frida trabajaba, la cocina —con sus jarros y cazuelas—, sus libros, dibujos, fotografías, recuerdos personales, muebles populares, pinturas ingenuas del siglo xix, retratos de niños y mujeres, cartas —especialmente las de Frida— dirigidas a amigos, doctores y personalidades del mundo del arte y de la ciencia, y para que nada les faltara en su territorio, una pirámide en medio del jardín. Tras la muerte de Frida y por encargo de Diego, el poeta Carlos Pellicer, gran amigo de la pareja, instaló el Museo de la Casa Azul que resultó ser un gran poema a la memoria de Frida. Diego dio instrucciones para que una parte del archivo y de los objetos personales de ella —como corsés ortopédicos, cartas y fotografías— no fueran exhibidos. Quedaron embalados en cajas localizadas en una bodega, en varios muebles e, incluso, en los baños de las recámaras del matrimonio.

En su testamento, Diego ordenó que todo el material no se tocara sino hasta quince años después de su muerte. Sin embargo, fue hasta ahora —con el centenario del nacimiento de Frida y los cincuenta años de la muerte de Diego— que se rescatan todos estos testimonios, los cuales jamás habían sido clasificados. Realizado este trabajo en tres años, hoy mostramos por vez primera al público estas joyas en Tesoros de la Casa Azul, Frida y Diego. La Casa Azul está viva porque sus dueños y señores también lo están. Como curador de la exposición, he sido partícipe del mundo de Frida y Diego y lo he interpretado para dotar de un nuevo sentido a los archivos, colecciones, dibujos y cartascomo si ellos me hablaran y yo los escuchara.

El objetivo de la exposición es que los asistentes participen en esta experiencia con la pareja, con
su obra y sus objetos amados, elementos que nos comparten el sentimiento vital y la inagotable creatividad de ambos creadores. Así, Diego, Frida y la Casa Azul, con todo lo que ésta implica, se presentan aquí, plenamente integrados, en una indivisible unidad entre la vida y la obra, la existencia y el arte. El genio de ambos artistas encierra el misterio de lo infinito, de lo inconmensurable y es, por ello, que hoy podemos entender que hayan generado mitos maravillosos. Frida es un mito porque es inexplicable, porque no hay razón para comprender tanta pasión. Frida y Diego fueron personajes intensos, terribles en momentos, poéticos o de ternura conmovedora en otros. Su pasión y su sensualidad desbordante los consagra. Al respecto de la singularidad de Frida, su médico, Leo Eloesser, le escribió una carta desde San Francisco, fechada el 15 de agosto de 1941, donde le decía:

 

Chula linda y única:

Encabezando la lista de las cinco hembras heroínas y adornos de la patria, has de poner: 1. Frida, luego 2. Frida y 3. Frida, entonces 4. Frida y por fin 5. Frida. Mucho más tarde vendrán las otras, Malinche, Sor Juana Inés y Cía.

 

Por su conciencia, su significado, su cultura humanista de profundas raíces de las que se nutre la mexicanidad, Frida y Diego son la culminación de nuestro arte prehispánico, de nuestro arte popular, de nuestra cultura contemporánea; son también la enaltecida manifestación del mexicano de la primera mitad del siglo xx. Tanto monta, monta tanto, Frida como Diego. Este par sensacional abrió las puertas a la vida moderna en pareja y, con ello, marcó el rumbo de los matrimonios en el siglo xx, pues en el suyo había elementos de igualdad entre el hombre y la
mujer. Ambos son luchadores sociales, personas de pensamiento liberal, creadores connotados que
se admiran el uno al otro y se retroalimentan sin perder su individualidad. Estamos así ante un caso
insólito, ante el emblema de la nueva vida amorosa en un México nuevo. Constituyen una avanzada, son parteaguas de la historia, se adelantan —por mucho— a su tiempo. Ambos tienen un arte ilimitado, una creatividad expresiva singular, un profundo sentimiento individual y de liderazgo. Ambos comparten una sed de justicia que los impulsa a ser luchadores sociales incansables, lo que los pone en un plano de igualdad donde entablan un diálogo fecundo sobre la vida y el arte.

En esta exhibición encontramos dibujos de Frida que hablan de su dolor, de su angustia de vivir y dibujos de Diego que son tan geniales como toda su personalidad. Un verdadero hallazgo son los estarcidos de su primer mural La creación (1920-1921) —en el edificio de la Escuela Nacional Preparatoria—, que conmueven por ser la unión de valores estéticos e históricos, representación épica de la gestación del México actual. La muestra continúa con una selección de documentos del archivo de Frida y Diego estudiados por las doctoras Teresa del Conde y Alicia Azuela de la Cueva. El acervo se compone esencialmente de cartas reveladoras de las amistades de Diego Rivera y Frida Kahlo, de su vida cotidiana, así como de la relación y la retroalimentación que existía entre ambos.

La exposición comprende, además, una selección de libros delatores de la internacionalidad, los
intereses científicos, filosóficos y estéticos, y de la cultura humanista de Diego. También son parte de
los libros y revistas ilustrados por Diego Rivera, algunos volúmenes dedicados a técnicas artísticas
y litografías del siglo xix que él apreciaba y que —conociéndolos muy bien— consultó y utilizó como punto de referencia en sus murales. Por otro lado, los libros de medicina dan testimonio de la obsesión de Frida por su deseo de vivir, mientras que el pequeño conjunto de publicaciones que aquí presentamos —algunas de ellas con dibujos casuales suyos— revela su inconmensurable cultura
visual. De igual forma, la lucha activa que la pareja sostuvo en contra del imperialismo y a favor de un
socialismo y un comunismo muy a la “mexicana”, se encuentra documentada en numerosos textos de
reciente hallazgo. Asimismo, se estudiaron y eligieron manifiestos de la lucha socialista en México, algunos de la Guerra Civil española, y otros de denuncia ante la dominación yanqui, testigos de la batalla activa de Frida y Diego por la paz. A éstos se suman carteles tanto de exposiciones como de eventos políticos y artísticos, si bien se encontró un cartel comercial, que es una pieza clave de indudable valor, dado que parece ser el único que realizó Rivera para la Lotería Nacional. Otra joya de este tesoro artístico es la colección de ediciones facsimilares de códices precortesianos y documentos del siglo xvi, que Diego conocía y amaba, y en los que abrevó para interpretar el mundo prehispánico. El tesoro fotográfico, selección maestra de Pablo Ortiz Monasterio, nos presenta una serie de autorretratos del padre de Frida, Guillermo Kahlo —un antecedente significativo de la pasión de la creadora por autorretratarse—. Además, se exhibe un conjunto de fotografías de personajes notables que fueron amigos de la pareja o bien vínculos con los que mostraban su entorno. Con orgullo, Pablo Ortiz Monasterio comparte con nosotros dos fotografías firmadas al reverso con las que se inicia la investigación de Frida fotógrafa. A su vez, Marta Turok Wallace indagó y seleccionó una gran cantidad de vestidos que destacan por su relación con las pinturas o las situaciones particulares en la vida de ambos artistas. Los atavíos de Frida se caracterizan por ser creaciones originales que ella conscientemente escogió para destacar como personaje único, insólito e irrepetible; pero, además, son muy afines con su pensamiento indigenista y su amor por México.

Tesoros de la Casa Azul, Frida y Diego muestra la intimidad de Frida de tal manera que basta uno
de sus vestidos, un tocado, un libro, un corsé y un cartel para reconstruirla como un retrato viviente sin rostro. Para terminar, existe una sección del tesoro que llamamos “de varios”: medicinas, objetos femeninos de tocador, juguetes de arte popular mexicano que todavía están impregnados del cariño y la comprensión amorosa con que la pareja los reunió y guardó. Hoy, con orgullo, la Casa Azul de Frida y Diego y el Fideicomiso del Banco de México presentan esta selección —si bien condicionados por el
reducido espacio— para abrir las puertas a nuevas investigaciones e interpretaciones que enriquezcan el conocimiento de estos dos gigantes.

Frida Kahlo, nuevas lecturas

Teresa del Conde

 

La investigación llevada a cabo en la Casa Azul ha dado como resultado algo por lo que todos
los interesados en la trayectoria y el arte de la pintora clamábamos. Conocíamos buena parte del epistolario de Frida —quien es, sin duda, una de las mayores escritoras de cartas del siglo xx mexicano—, sobre todo a través de Hayden Herrera y de Raquel Tibol. Desde años atrás, esta última se dio a la tarea de reunir todo lo que la pintora escribió, valiéndose tanto de libros publicados, como de hallazgos de archivo. Sin embargo, desconocíamos las respuestas de sus recipiendarios que ahora salen a la luz, mediante una selección que pretende ejemplificar el tipo de réplicas —sentimentales, artísticas, existenciales, clínicas— que ella recibía de sus admiradores y amigos, así como de quien fue su más asiduo médico, confidente y en cierto momento amante: el doctor Leo Eloesser. Frida conoció a Eloesser desde 1930, poco después de que el matrimonio Rivera Kahlo se trasladó a San Francisco. Ella ya contaba en su haber con varias obras pictóricas, pero no tenía aún el prestigio y la altura artística que llegó a alcanzar poco después. De su etapa anterior existe amplia
documentación que se inicia en el momento cuando Frida consigue inscribirse en la Escuela Nacional Preparatoria, después de haber realizado estudios en la Escuela Normal Primaria para Maestras, que dirigía la distinguida pedagoga Ana María Berlanga. Para el primer semestre de 1922, Frida se encuentra ya en San Ildefonso, donde conocerá al mayor (no al único) amor de su juventud temprana: Alejandro Gómez Arias. Éste se convertirá en su juvenil amante después de un cortejo romántico no carente de dudas y avatares en el contexto de Los Cachuchas, grupo que incluía a Miguel N. Lira y a Agustín Olmedo, entre otros. Las cartas de Frida a Gómez Arias y las que éste le escribió —algunas larguísimas— concluyen a principios de 1929, año en el que ella mantiene ya una relación con Diego Rivera, con quien se casa en agosto. En la carta exhibida en la muestra Tesoros de la Casa Azul, Frida y Diego, el líder de la autonomía universitaria —lograda ese año— le solicita la entrega del famoso Autorretrato con traje de terciopelo, cuadro al que Frida denominaba “tu Boticcelli”, pues lo había pintado para él. La artista se lo había regalado en 1926, sin entregárselo físicamente, ya que lo había conservado consigo hasta que “Alex” se lo requirió con firmeza como un ex voto de su propia historia amorosa. Muchos años después, ella escribiría a Gómez Arias de nuevo, tratándolo como amigo de juventud.

 

Las cartas y recados a Diego conforman otro rubro. Destacan las escritas desde París y, sobre todo, la que versa sobre el cuadro que está pintando entonces: El suicidio de Dorothy Hale. Empezó a trabajar esta obra en Nueva York durante el último trimestre de 1938, antes de su exposición del mes de noviembre en la galería de Julien Levy. La carta —desconocida, hasta ahora— da cuenta del grado de amistad, complicidad, dependencia y humor que Frida y Diego poseían, no sólo entonces, sino incluso durante el lapso de su divorcio, que duró desde el 6 de noviembre de 1939 hasta el 8 de diciembre de 1940. El estilo de escritura de Frida cambia según quiénes sean sus corresponsales. Incluso los influye, sobre todo cuando existe profunda afinidad o vínculo amoroso, como sucede con Nickolas Muray. El fotógrafo, adoptando el modo de Frida, la llama My dearest wench —mi querida
chamaca—, término con el que antes Gómez Arias la designaba. Diego la llama “chicuitita” o “niña
adorada de mis ojos” y lo hace en fecha tardía, en 1952, cuando en una carta en la que —sabiendo cuánto aprecia sus letras Frida— le escribe con motivo del 23 aniversario de su matrimonio:

“Te vuelvo a ver cuando me llevaste a enseñar tus
cuadros a la Secretaría de Educación Pública y
cuando, al besarnos aquí en la calle en Coyoacán,
se apagaba el foco...”.


En una carta que le escribió ya firmado el divorcio, Diego le menciona una flor roja, maravillosa, con la que ella había adornado un regalo: “Es bisexual, es decir, perfecta, por lo tanto no se puede ni olvidar ni sustituir, ni dejar de querer. Además el listón estaba, no alrededor de una bomba llena de explosivos [según la consabida y multirreproducida frase de André Breton], sino de un sobre conteniendo fotografías y una carta maravillosa de la Niña, es decir, perfumes venenosopsicológicos aunque requetesuaves...”. Frida conservó cuidadosamente cartas de sus admiradoras. Una de ellas fue la pianista Ella Paresce y otra la pintora abstracta de origen suizo, Sonia Sekula. Las misivas, en efecto, dan cuenta de lances amorosos, pero no de fijaciones sentimentales, como la que evidentemente mantuvo con Nick Muray, el guapo fotógrafo de origen húngaro que fue protagonista de la relación masculina más intensa de la segunda etapa de su vida. Muray la alerta sobre actitudes infantiles que percibe de ella y también acerca de ese otro niño enorme —Diego— que le impide, a su criterio, tomarse en serio como la señora pintora que es. Entre 1935 y 1936, el gran escultor nipónamericano Isamu Noguchi estuvo en México, como parte del equipo que realizó los murales del mercado Abelardo Rodríguez. Noguchi, quien además sostenía relaciones comerciales con la galería Misrachi, también sucumbió a los altísimos poderes de seducción de Frida. No conocemos las cartas que ella le dirigió, pero sí las que él le envió, conservadas en sus respectivos sobres. “How alone I am without you”, le escribe desde Orizaba. “Quisiera verte pronto otra vez”, le dice antes de embarcarse en el barco de vapor S.S. Orizaba, en el que habría de regresar a Nueva York, vía La Habana. El escultor expresa ciertas preocupaciones: “He sido inarticulado contigo y conmigo mismo también. Perdóname, por favor”. Noguchi —quien era guapísimo— reencontró a Frida en Nueva York durante una de sus estancias mneoyorkinas, aquélla cuando, acompañada de su hermana Cristina, acudió para someterse a una intervención quirúrgica con el doctor Wilson. Posteriormente, Noguchi le escribió cartas amistosas, todas en 1947. Además, le enviaba recortes de poemas o acertijos con el ánimo de divertirla. También la esposa, Tava, le mandó una carta el mismo día en que partió de viaje a la India. Frida tenía, como nadie, el don de convertir a sus amantes en amigos perdurables, si bien es cierto que transcurrió una década entre su affaire con Noguchi y el reencuentro en Manhattan. Conmovedoras son las recomendaciones que le hace el curador y crítico de arte Walter Pach, enamorado de México, en un castellano perfectamente legible y de impecable ortografía. Pach pretende que ella vea tesoros de arte en París y, si es posible, también en Italia —extensión de la estancia parisina que no se llevó a cabo—, cuando Frida viajó a París desde Nueva York a instancias de André Breton. Fue Pach también quien la vinculó con los hermanos Duchamp —Marcel y Jacques Villon— y con Roland Balay, asociado a la famosa galería Knoedler. “Si vas a visitar iglesias”, le dice, “no tienes más que ver Nôtre Dame [...] Si quieres ver otro ejemplar —superior todavía— del arte gótico —con esculturas originales, porque las de Nôtre Dame son meras copias— ve a Chartres”. Pero a Frida París le pareció “pinchísimo” y poco fue lo que allí vio. A través de sus cartas a Nick Muray conocemos su desprecio por el hábitat de André Breton, la magnífica impresión que le produjo la pequeñísima Aube —hijita de André y de Jacqueline Lamba— y, finalmente, el ataque de colibacilus que sufrió y que la obligó a hospitalizarse para desesperación de su lejano guía: Walter Pach. El crítico se había empeñado en que Frida fuera a Arezzo a ver los frescos de Piero della Francesca, entre otras maravillas que estaban a portata di mano, como las pinturas de Delacroix en Saint Sulpice. La estancia parisina marca la etapa más efervescente de su relación amorosa con Nick Muray. Tal vez fue la interrupción de lo que pudo haberse convertido en un proyecto amoroso a largo plazo, lo que le impidió a Frida el disfrute en la Ciudad Luz, con todo y las atenciones que recibió de Marcel Duchamp y de Yves Tanguy, entre muchos otros. Picasso también la agasajó, si bien no con una carta, sí con los aretes “surrealistas” en forma de mano, recreados al menos en dos de sus autorretratos. Y aunque Frida no regresó al viejo continente, viajó mucho a través de su propia escritura y de las que otros le dedicaron. Como puede sentirse por medio de la lectura de la selección epistolar aquí reunida y de las frases entresacadas de varias cartas, Frida estuvo predestinada a encontrarse con personalidades de alta alcurnia intelectual o artística, y a todos fascinaba.

Diego Rivera, una historia abierta

Alicia Azuela de la Cueva

La apertura del archivo documental es un gran acontecimiento para los interesados en la vida, la obra y los tiempos de Diego Rivera, se trate de especialistas o de legos. La variedad e importancia de los documentos que integran este acervo derivan de la trascendencia del propio Diego Rivera como artista y como personaje público a nivel nacional e internacional. Este archivo documental incluye asuntos tan variados como su correspondencia con amigos, familiares, admiradores, dependencias y personajes públicos, organismos culturales y políticos, organizaciones sociales y partidos políticos.

En los documentos personales hay entrevistas, apuntes, textos sobre arte y política, canciones y poemas. Otro apartado acumula referencias a su obra pictórica mural, gráfica y a sus exposiciones. El archivo también contiene el inventario de su colección de piezas prehispánicas y un buen compendio de material propagandístico y postales. Los documentos personales cubren los años de 1895 a 1952 y se componen de agendas, credenciales, cartas, cheques referentes a sus becas de estudio, diplomas, reconocimientos, asuntos jurídicos y documentos migratorios y testamentarios. Sobre la vida y la obra de Diego Rivera, el acervo resguarda textos de conferencias, artículos y libros publicados en México y en el extranjero. También preserva invitaciones a conferencias dictadas por el pintor en espacios tan importantes como The International Worker’s School Hall, New Workers School, New York Urban League, Confederación Universitaria Bolivariana y muchos otros sitios. Rivera tenía una facilidad especial para escribir y poseía una amplísima cultura, cualidades que se reflejan en miles de notas, borradores de textos, escritos, canciones y poemas. El muralista aborda temas tan variados como la teoría del arte, la obra de artistas actuales y del pasado —como Paul Alicia Azuela de la Cueva Tarjeta de migración de Diego Rivera, junio 10, 1928. Cézanne, Joaquín Clausell y José María Velasco—, y el arte indígena prehispánico y popular. También se refiere a personajes y fenómenos de la vida política nacional y mundial como el fascismo, la Primera y la Segunda guerras mundiales, la Guerra Civil española. Diego habla de su relación con Trotsky, Stalin, Vicente Lombardo Toledano y
muchos personajes más. Además, da testimonio de su participación en agrupaciones artísticas, políticas y sociales, y abunda, desde luego, en fantasiosas notas autobiográficas.

La información sobre los partidos políticos y organizaciones sociales conforman un microcosmos, no sólo de la activa militancia de Rivera sino del panorama y de los actores individuales e institucionales del acontecer político en la primera parte del siglo xx. Gracias a la colaboración de Rivera con grupos y partidos nacionales e internacionales, y debido a los rotundos giros ideológicos del pintor, el lector
encuentra aquí una amplia documentación referente al Partido Comunista Mexicano, al Partido Ferrocarrilero Unitario, al Partido Popular, al Partido Revolucionario Institucional y al Partido Revolucionario Obrero Campesino. Sobre este último, existe interesante información —por ejemplo— de las razones que este partido de izquierda tuvo para apoyar la candidatura de Juan Andrew Almazán en 1940. Asimismo abunda el material sobre diversas agrupaciones de izquierda nacionales e internacionales, como la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos. La información correspondiente a las organizaciones trotskistas es una de las más abundantes. Contiene datos sobre The All-America-Pacific Bureau of the Fourth International, The Independent Labor League
of America y la IV Internacional. Entre los documentos, lo mismo encontramos las opiniones de Trotsky en lo referente a asuntos de la política nacional, como sus diversos desacuerdos con el pcm. También se esclarecen en este archivo documental temas puntuales como el papel de Rivera en las negociaciones para asilar a Trotsky en México, la manera en que la gestión afectó su relación tanto con la IV Internacional como con el gobierno mexicano y su posterior distanciamiento del político ruso.

La vida familiar de Diego Rivera y de Frida Kahlo está ampliamente documentada en los telegramas, cartas y tarjetas postales que se encuentran en los archivos Rivera Barrientos, Kahlo Calderón y Rivera Marín. A este material se suman las comunicaciones con amigos en México y el extranjero que lo mismo se ocupan de asuntos personales como de arte y de política. Este apartado es el más cuantioso: tan sólo en el ámbito de los amigos, incluye 333 cartas y, en total, recrea la vida personal de Rivera desde 1906 hasta su fallecimiento en 1957. Es especialmente importante el nutrido conjunto documental que refiere a diversas agrupaciones y actores políticos que, además de dar cuenta de la amplia, variada y controversial militancia del artista, es una fuente esencial de información sobre agrupaciones nacionales y extranjeras como el pcm, la Internacional Comunista (ic), la IV Internacional o la Liga Obrera y Campesina. El amplio espectro temático y la relevancia de la documentación permitirán avanzar en el conocimiento de la historia del arte, la historia y las ciencias sociales en general, derribar mitos, aclarar dudas y abrir puertas a nuevos campos de estudio y enfoques interpretativos, además, desde luego, de satisfacer la curiosidad de toda persona interesada en la vida de Diego Rivera.

 

La fotografía en el archivo de Frida y Diego

Pablo Ortiz Monasterio

 

Desde niña, Frida estuvo cerca de la fotografía. Acompañaba a su padre, Guillermo Kahlo —notable fotógrafo de origen alemán— y le asistía en el cuarto oscuro, retocando las placas fotográficas. Este valioso archivo de más de cinco mil imágenes, que por largos años reposó al lado de dibujos, cuentas, vestidos y medicinas, es producto del tesón de Frida, quien trabajó, disfrutó y guardó estas piezas. Refleja de manera clara los grandes intereses que la artista tuvo a lo largo de su tormentosa vida: la familia, su amor por Diego y sus otros amores, el cuerpo accidentado, el arte, la política y la ciencia, todo ello arropado por la gran pasión que tuvo por México y lo mexicano. Frida atesoró los antiguos retratos familiares, tanto del lado materno como del paterno y, por supuesto, los que hiciera don Guillermo de ella, de su madre, hermanas y amigos cercanos. Sobresalen en este conjunto los autorretratos que, desde temprana edad y a lo largo de toda su vida, realizara el padre de Frida. Con la invención de la fotografía a principios del siglo xix, se democratizó el acceso a las imágenes. La gente común pudo retratarse y conservar en papel recubierto con emulsiones de sales de plata figuras que mostraban su apariencia con sorprendente fidelidad. En 1854, A. Disdéri patentó en Francia la carte-de-visite, un sistema ingenioso para hacer ocho retratos pequeños en una sola placa. Nació así la costumbre de intercambiar retratos. Frida y Diego participaron con fruición en esta, ya para entonces, vieja práctica. Intercambiaron y coleccionaron retratos de sus amigos cercanos, de personalidades del mundo del arte y de la política con quienes tuvieron contacto, así como de grandes personajes
de la historia a quienes admiraron o denostaron, como Porfirio Díaz, Zapata, Lenin o Stalin. La primera mitad del siglo xx fue una época de extremos. Se gestaron revoluciones y guerras mundiales, movimientos artísticos y vanguardias prodigiosas. En este periodo, la fotografía asumió un papel central en la cultura como medio de comunicación y como expresión artística. Frida Kahlo conoció y fue fotografiada por algunos de los grandes autores de esa época: Nickolas Muray, Martin Munkácsi, Manuel Álvarez Bravo, Fritz Henle, Gisèle Freund, Edward Weston, Lola Álvarez Bravo, Pierre Verger y un largo etcétera. En el archivo de la pintora se conservan obras de estos autores y otros más; no tanto los retratos que ellos hicieran de Frida sino fotografías de su autoría, como el gato de Munkácsi que Frida pintó en el famoso cuadro Autorretrato con collar de espinas y colibrí, 1940, o la foto que le sirvió de modelo para el Retrato de Alberto Misrachi, 1937.

 

Identidades al descubierto: el guardarropa de Frida

Marta Turok Wallace

 

Antecedentes: emblemas y certidumbres Un pequeño armario de madera dentro del cuarto de baño de Frida —mueble que fungía también como su guardarropa— es uno más de los tesoros descubiertos recientemente en la Casa Azul. Desde 2002, la minuciosa restauración y catalogación de las casi trescientas piezas de ropa, calzado y accesorios rescatadas nos revela el estilo ecléctico
que Frida forjó; un estilo pleno de colorido, textura y creatividad, una extensión de su arte y su ser.

El guardarropa de Frida se compone de blusas, huipiles, rebozos y mantones, enaguas, enredos,
fajas, capas, conjuntos, pantalones, fondos, morrales, medias, ropa de hospital, corsés ortopédicos, zapatos y botas, listones y estambres. Este listado cobra vida en la medida en que ha sido clasificado, y han sido identificados los lugares de origen de cada vestuario. Éste se ha analizado visual y documentalmente, según las ocasiones en las que Frida fue fotografiada vestida con algunas
de las prendas, según las piezas que podemos correlacionar en sus autorretratos y según los testimonios que describen su forma de vestir y el impacto que lograba.

En ocasión del centenario del nacimiento de Frida, y como inicio a la difusión de este acervo emblemático, hemos seleccionado una muestra representativa de la vestimenta y accesorios, con base en un índice temático que explora las influencias, búsqueda, identidad, arquetipos, etnicidad, creaciones y accesorios de la artista. Influencias y búsqueda: lecturas múltiples Frida creció en un ambiente de transiciones. A su madre le tocó pasar de la moda decimonónica del corsé asfixiante y la crinolina para acentuar la cintura, al relajado vestido de la ruptura de los años veinte. Un conjunto de blusa y falda de encaje y lentejuelas terminado a mano —que seguramente conservó de las pertenencias de su madre— nos remite a la fotografía del matrimonio de sus padres Guillermo Kahlo y Matilde Calderón en febrero de 1898, la cual sirve a Frida de inspiración para su cuadro Mis abuelos, mis padres y yo, 1936.

A lo largo de su juventud Frida se transformó constantemente. Su búsqueda de identidad se refleja en fotografías donde aparece vestida de varón o como obrera-artista con todo y cachucha y camisa de mezclilla, en una suerte de capullo en metamorfosis entre su primer círculo de amigos intelectuales, Los Cachuchas, y su despertar político-artístico que habría de marcar por completo su vida. Existen testimonios de Isabel Campos en los que se asegura que Matilde Calderón de Kahlo fue una
excelsa costurera que creaba los modelos juveniles de Frida, cortes admirados por sus colegialas compañeras de travesura.1 Por ello, no sorprende el gusto de Frida por telas de seda y algodón, suaves al tacto y caída elegante, como lo atestigua la existencia de numerosas faldas, blusas de peto y holán y capas de confección impecable. Acompañando a Diego a los Estados Unidos entre 1930 a 1933, en diversos contextos se le fotografía vestida con falda y chal de seda. En otras ocasiones, con una elegante capa de terciopelo y falda lamé. Si bien, en paralelo, la artista evoluciona hacia la expresión étnica, durante el periodo que se mantiene divorciada de Diego (1939-1940), Frida retoma su gusto por la moda europea, vistiendo “modas chic de Manhattan, parodiando a las socialité, moviendo las caderas por las aceras”.2 En esta etapa, entre los viajes a San Francisco y Nueva York, Frida se fascina visitando Chinatown, donde adquiere bellas prendas de seda y terciopelo bordadas.

Identidad y etnicidad: a imagen y semejanza Frida transita entre sus autorretratos y fotografías vestida a la usanza de las zapotecas del Istmo de Tehuantepec, convirtiendo este estilo en el arquetipo de su identidad indígena. Sin embargo, el mito de que Diego le impulsara a asumir esta vestimenta empieza a derrumbarse con el descubrimiento, en el tesoro de la Casa Azul, de una fotografía fascinante que abre nuevas vetas de investigación sobre el origen de su madre Matilde. En la imagen fotográfica aparecen varios hombres y mujeres, la mayoría vestidos al estilo occidental.
Fotografía de la familia materna de Frida. Sin embargo, otro grupo pequeño está vestido a la usanza de Juchitán e incluye dos jovencitas; una mujer mayor con un resplandor al estilo de esta zona y un hombre con ropa de manta y un paliacate. Con su puño y letra, Frida señala a una de las jóvenes como Matilde, su madre, de la cual únicamente se ha dicho que tenía padre español. En términos de su etnicidad, es imprescindible aclarar que Frida no se queda sólo en lo zapoteco. La artista atesora los colores primarios y secundarios, cuyos contrastes conviven con rombos cósmicos, flores y aves que brotan de decenas de hermosos huipiles, rebozos y prendas tanto mestizas como indígenas de diversas etnias mexicanas y guatemaltecas —purépechas, nahuas, ñahñu, mixtecas, mazatecas, chinantecas, mayas, mam, kekchí, cakchiquel y quiché—, adquiridos con artesanos o a través de entrañables amistades como Carlos Mérida, Luis Cardoza y Aragón, Concha Michel, Alfa Pineda de Henestrosa y Lucha Reyes, entre otras.

Las faldas largas con pretina a la cintura y holán o tablones en el ruedo inferior favorecen a la pintora,
como lo constatan más de cuarenta faldas y enaguas en su colección actual, pero Frida aclara que no es sólo por gusto sino que debe usarlas “porque mi pierna enferma [la derecha] está tan fea”.3 Accesorios y creaciones: de los pies a la cabeza Estambres y listones fucsia, morado, azul rey y verde manzana, que Frida utilizara para tocados, se encuentran intactos, como si estuvieran esperando
a Julien Levy cuando nos dice que “la forma de preparar sus peinados era una liturgia fantástica”.4 A veces, Frida los retoma para aplicarlos en blusones que crea junto con sus costureras. Para ello, utiliza desde telas diversas de cambayas y cortes para enredo hasta finas telas comerciales para cortinas. Por pares o solos, conocemos sus zapatos, botines y botas, los calzados del pie derecho con tacón ortopédico. Se encuentran las botas chinas de piel roja, bordadas con hilos de oro, con todo
y agujetas y cascabeles. Arturo García Bustos las rememora por el curioso sonido que hacían, anunciando su paso mientras caminaba por el centro.5 En otro par chino —unos botines de seda
púrpura—, destaca el zapato del pie izquierdo, del que cuelga una pequeña medalla que dice: “De Pita
y Olga para Frida con amor”.6 Hoy más que nunca tenemos certidumbres: los textiles y atuendos que pintó Frida eran parte de su ajuar, de su gusto insólito por combinar. Antes reflejado principalmente a través de imágenes blanco y negro, hoy es revelado en su máximo esplendor. Frida irrumpe cual mariposa plena en Las dos Fridas (1939), expresando magistralmente su dualidad europea mexicana/istmeña/indígena, identidades múltiples, con las cuales se siente tan cómoda como si se tratara de espejos de su alma. Pero también es el espejo pegado al dosel de su cama donde, cuidadosamente vestida y peinada, se autorretrata una y otra vez.

1 Comentado por Martha Zamora en Frida: El pincel de la angustia,
edición de autor, México, 1987, p. 162.
2 Hayden Herrera, Frida: A Biography of Frida Kahlo, USA, Harper
Perennial, p. 163.
3 Julien Levy, 1938, citado en Herrera, Frida: A Biography…, p. 234.
4 Ibid, p. 235.
5 Arturo García Bustos, comunicación personal, 1 de junio de 2007.
Carleto Tibón en Herrera, Frida: A Biography…, p. 419.
6 Se refiere a Pita Amor y Olga Costa, amigas de Frida.

 

Biografía mínima

 

Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón nace el 6 de julio de 1907 en la Ciudad de México. A los seis años de edad contrae poliomielitis. La cortedad de su pierna derecha no impide que realice sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria. A los dieciocho sufre un accidente cuando un trolebús
se impacta contra el camión donde ella viajaba. Frida se lesiona la espina dorsal. Debido a la inmovilidad a la que se ve sometida los primeros meses de recuperación, comienza a pintar. Así conoce a Diego Rivera, con quien se casa en 1929. Las infidelidades de Diego provocan el divorcio en 1939, pero un año después Frida y el muralista contraen nupcias nuevamente. Como fiel activista de izquierda, Frida es miembro del Partido Comunista Mexicano. También es maestra de la Escuela Nacional de Pintura y Escultura La Esmeralda, donde conforma un grupo de jóvenes pintores conocidos como Los Fridos. La artista realiza tres exposiciones: una en Nueva York, otra en la
galería de Lola Álvarez Bravo, en México, y una más en París. Al final de su vida, la salud de Frida, siempre frágil, decae. En 1953, ante la amenaza de gangrena, se le amputa —desde la rodilla— la pierna derecha. Frida Kahlo muere en la Casa Azul el 13 de julio de 1954, cuando el Instituto
Nacional de Bellas Artes le preparaba, como homenaje nacional, una muestra retrospectiva. Hoy su obra se encuentra en numerosas colecciones privadas de México, Europa y Estados Unidos, y su personalidad ha sido adoptada como bandera de múltiples causas. Entre las obras más famosas de Frida que se pueden encontrar en la Casa Azul están: Naturaleza muerta, Frida y la cesárea y Viva la vida.

 

la casa azul: un mundo entre muros

 

Frida Kahlo nació, vivió y murió en la Casa Azul. La propiedad, edificada en 1904 por el padre de la artista, fue modificada por Frida y Diego en dos ocasiones. La primera ocurrió en 1937, luego de que Diego Rivera adquiriera el predio del lado oriente para dar asilo a León Trotsky, y la segunda en 1947, cuando Rivera construyó un estudio para Frida. En 1955, un año después de la muerte de la pintora, Diego Rivera donó la Casa Azul para convertirla en el Museo Frida Kahlo, el cual abrió sus puertas al público el 12 de julio de 1958. Éste se conserva y opera gracias a la generosidad de una gran mecenas: Dolores Olmedo Patiño. Hoy, la Casa Azul se ha convertido en uno de los museos más visitados del país, no sólo porque revela el mundo íntimo proyectado por Frida y Diego, sino porque aquí cada rincón, cada objeto —vestidos típicos, juguetes, arte popular— está presente en la obra de la singular artista.

 

 

 

 

 

Textos: Virginia Hernández Reta

 

 

 

 

 


 

 

Londres 247
Col. del Carmen
Coyoacán
c.p. 04000
Tel. 5554 5999
Fax. 5658 5778
relacionespublicas@museofridakahlo.org.mx